CAPITULO
IX DE NUESTRO LIBRO RETRATO DE ESTUDIANTES
¿QUE TOMAS? Un estudio sobre el consumo de alcohol en los jóvenes
Denise Destéfano.
"Algunas veces,
cuando reflexiono acerca de toda la cerveza que he bebido, me siento
avergonzado. Pero luego veo mas allá de la lata y pienso en los trabajadores
de la cervecería y sus sueños y esperanzas. Si no bebiera esta cerveza,
ellos podrían perder sus trabajos y todos sus sueños se verían deshechos.
Entonces me digo: "es mejor que yo me beba esta cerveza permitiendo
que sus sueños se conviertan en realidad a que yo sea egoísta y me preocupe
por mi hígado".
Para algunos, el
abuso de alcohol no es más que un chiste que circula por Internet, como
el arriba citado. Desgraciadamente, recientes investigaciones en la
Argentina indican que este mal está cada día más cerca de ser un motivo
de seria preocupación para las nuevas generaciones.
El consumo de alcohol
entre los jóvenes se incrementó en un 9,67% en los últimos tres años.
Paralelamente, aumentó la variedad de bebidas alcohólicas que ingieren,
según un estudio realizado por el Instituto Superior de Ciencias de
la Salud .
Para la encuesta
se consultó a más de 15.000 estudiantes, la mayoría de ellos mujeres
menores de 25 años, que se acercaron al stand del Instituto en la Expouniversidad
desde 1999 hasta 2003.
De acuerdo con este
informe, mientras en 1999 el 60,73% de la muestra respondió afirmativamente
a la pregunta de si consume alcohol, en 2003 el 70,4 encuestados dijeron
que sí.

Las mujeres representan
el 71,50% del total de los encuestados que beben alcohol, mientras que
los hombres conforman el 27,93%. Según el sondeo, comenzaron a beber
entre los 14 y 15 años pero el pico de más consumo se ubica entre
los 16 y los 18 años.
El 7,8% de la muestra
declaró que bebe “siempre” y de ellos el 3,26% confesó consumir droga.
El 64,25% dijo beber ocasionalmente y el 6,48% de ellos se drogan. De
los jóvenes que trabajan, el 17,99% beben: 12,36% lo hacen ocasionalmente
y 1,37% siempre.
La tendencia que
se observa en el estudio es un fiel reflejo de la situación nacional
de este grupo etáreo. Así lo indica la Encuesta Nacional a Estudiantes
de Enseñanza Media publicada en 2002 por la Secretaría de Programación
para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico
(Sedronar).
Este sondeo, elaborado
a partir de entrevistas a 31.600 estudiantes de 12 a 17 años, muestra
que el 75,1% de los encuestados consume alcohol y que lo prefieren frente
a otras sustancias como el cigarrillo (46,7%), los psicofármacos (9,5%)
y las drogas ilegales (6,7%).
De acuerdo con el
estudio, los hombres tienen una mayor tendencia a tomar bebidas alcohólicas
que las mujeres. La edad de inicio, en ambos casos, se sitúa en los
13 años, y el consumo es mayor a medida que aumenta la edad de los estudiantes:
de 12 a 14 años: 35,2%, de 15 a 16 años: 63,8% y de 17 a 18 años: 73%.

El informe revela
que el consumo de alcohol no varía por diferencias en el tipo de hogar
donde habita el estudiante ni la situación conyugal de los padres, cosa
que sí sucede en el caso del consumo de drogas y psicofármacos.
La disparidad se
evidencia, curiosamente, en lo relativo al ámbito laboral: el 64% de
los estudiantes que trabajan toman, contra el 51% de aquellos que no
trabajan. El consumo actual de alcohol no presenta discrepancias significativas
según la clase social, aunque sí se bebe más en los grandes centros
urbanos.
De acuerdo con un
estudio que consultó a 400 jóvenes de la provincia de Buenos Aires a
fines de 2003 citado por el diario Clarín, el 62% reconoció que algunas
noches toma más de un litro de cerveza, un 20% dijo que tomó esa cantidad
de vino alguna vez y un 10% admitió haber consumido más de medio litro
de alguna bebida destilada.
Según estadísticas
referidas por el matutino La Nación, en este verano 2004 sólo en Mar
del Plata se atendieron 150 casos de intoxicaciones agudas por abuso
de bebidas alcohólicas, de los cuales el 17% eran menores de edad. A
éstos hay que sumar los cuadros de menor complicación, también causados
por abuso de alcohol. Y los citados son datos actualizados a mediados
de febrero.
Para comenzar a
apreciar la gravedad del problema basta con escuchar la opinión del
titular de Sedronar, Dr. Wilbur Ricardo Grimson: “el alcohol es la droga
que más se consume en la Argentina, después de la marihuana”.
Descontrol
Otro dato llamativo
que surgió de la encuesta realizada por el ISCS es que, mientras en
2000 se consumía mayormente vino, cerveza y bebidas blancas, en 2003
los encuestados enumeraron una larga serie de bebidas con alcohol, entre
las que sobresalen los tragos largos, los espumantes y las bebidas energéticas
que, mezcladas con vodka o vino blanco, se constituyeron en el trago
de moda de las discotecas de la costa este verano.
Si bien la “cultura
alcohólica”, como se la suele llamar vulgarmente, de los consumidores
adolescentes va en aumento, no sigue el mismo camino la toma de conciencia
sobre las consecuencias que, a corto y largo plazo, puede tener la ingesta
excesiva de alcohol en su cuerpo y en sus vidas.
Los efectos a corto
plazo son los más conocidos: falta de coordinación muscular, visión
borrosa o doble, depresión en los reflejos y en el ritmo respiratorio,
hipotermia, hipoglucemia, convulsiones y hasta estado de coma.
Lo que frecuentemente
se prefiere ignorar es que el abuso de alcohol a largo plazo puede provocar
daño cerebral, aumento de la presión arterial, cardiopatías, lesiones
en el tracto gastrointestinal, cirrosis, pancreatitis, debilidad muscular,
cáncer, úlcera gástrica, impotencia sexual en los hombres, frigidez
en las mujeres, síndrome de abstinencia en lo bebés y envejecimiento
prematuro, entre otros males.
Esta “droga legal”
afecta al sistema nervioso pudiendo generar lagunas de memoria, depresión,
ansiedad, disminución de la concentración y del juicio, tensión e inhibiciones
y una baja autoestima, además de epilepsia, delirium tremens y enfermedades
mentales graves como las psicosis.
Y eso no es todo.
La acción del alcohol sobre las funciones motoras, cognitivas y perceptivas
puede provocar todo tipo de accidentes y promover comportamientos violentos
y conductas indeseadas que se lamentan a la mañana siguiente y se traducen,
en muchos casos, en conflictos de relaciones personales.
Los energizantes,
mencionados en los párrafos anteriores, merecen un capítulo aparte.
Contienen minerales e hidratos de carbono, que brindan energía, y más
de 20 miligramos de cafeína cada 100 mililitros, que estimulan el sistema
nervioso central y tornan más alerta a la persona que la consume.
Estas bebidas, que
surgieron a fines de los ´90 como suplementos dietarios, pueden producir
secuelas nocivas al ser combinadas con alcohol. Al disminuir el efecto
depresor del alcohol, permiten al que la consume mantenerse en pie por
más tiempo sin sentir las señales normales del cuerpo que le fijan un
límite al consumo. A la vez, pueden causar aumento de la presión arterial
o arritmia cardíaca y deshidratación.
En lo psicológico,
la sensación de omnipotencia que suele caracterizar al adolescente se
ve exacerbada en la persona alcoholizada. La aventura de tomar, generalmente
en grupo, se transforma en un artilugio utilizado para desinhibirse
y, en ocasiones, animarse a situaciones a las que no se atreverían estando
sobrios, pasando por alto los riesgos implicados.
La necesidad de
desafiar los límites que el adolescente siente que la sociedad le impone
o, lo que es lo mismo, la búsqueda de sus propios límites, lo hace encontrar
en el alcohol una vía directa a comportamientos autodestructivos. Otras
veces, conductas de ese tipo pueden ser un llamado de atención a su
familia o a su entorno más cercano en busca de una mayor comprensión
o afecto.
Solos contra
el mundo
La pregunta no es
cómo evitar que los bares y kioscos vendan bebidas alcohólicas a los
adolescentes sino por qué estos recurren a ellos con creciente asiduidad.
No es un detalle menor que las discotecas abran sus puertas cada vez
más tarde en la madrugada y que las salidas se extiendan a veces hasta
bien entrada la mañana del día siguiente en fiestas a las que se concurre
a la salida de las discotecas.
La mayoría de esos
jóvenes trabajan o estudian durante los cinco días laborables de la
semana y tienen un ritmo de sueño y actividad diferente al de los fines
de semana. Es habitual que tomen poco o nada durante la semana y “descontrolen”
es decir: se excedan en el consumo‹ en las noches del fin de semana.
La consigna es
el descontrol, combatir el tedio a cualquier costo, rompiendo barreras
y yendo siempre un poco más allá. Con todos estos conceptos está ligado
el alcohol. En estos días, el alcohol no solamente es una droga socialmente
aceptada sino que beber con regularidad es lo esperado. Tener un cuerpo
acostumbrado a ingerir grandes cantidades de alcohol está bien visto
entre los jóvenes. La carencia de tolerancia al alcohol se traduce en
“no tener aguante”. Esta tendencias puede traducirse en una presión
social que impulsa a un mayor consumo.
La sociedad no suele
ver mal el hábito de muchos jóvenes ‹y adultos‹ que toman alcohol para
relajarse. Esta costumbre se ve reflejada incluso en películas y series
de televisión que refuerzan la práctica.
Los jóvenes, aún
los adolescentes, se enfrentan con exigencias más y más apremiantes.
El panorama de un mundo que cambia al minuto los encuentra inmersos
en un tren de vida acelerado y saturados de exigencias que perciben
no podrán cumplir.
“El objetivo de
la bebida es ahora decididamente farmacológico”, acierta Hugo A. Míguez
en su estudio “Epidemiología de la alcoholización”. Es decir que no
se toma tanto por el gusto de disfrutar una buena bebida sino cada vez
más con un fin ulterior, como puede ser divertirse, desinhibirse, relajarse
o perder el control.
Lo cierto es que
cuando el alcohol es utilizado para cambiar un estado de ánimo, se transforma
ya en un problema. Muchos adultos ni siquiera tienen esto en claro y,
como modelos, asumen conductas que no deben ser imitadas.
Consumo social
Así las cosas, instalado
el hábito desde los primeros años del EGB y creciendo de manera alarmante,
no parece que la legislación en estos momentos vigente que prohíbe el
expendio de bebidas alcohólicas a menores de dieciocho años de edad
y su consumo en la vía pública fuera a lograr, por sí sola, un cambio
de mentalidad en la juventud.
Es inverosímil que
la veda alcohólica tenga la energía suficiente para ganar en la lucha
contra la publicidad principalmente dirigida a los jóvenes, que está
impulsada por los miles de millones anuales que factura la industria
alcohólica en la Argentina. Según el titular de Sedronar, entre el 8%
y el 14% de las personas que se atienden en las guardias de los hospitales
públicos de la ciudad de Buenos Aires y del conurbano abusan del alcohol
y las drogas. En siete de cada diez de esos casos, la víctima llega
alcoholizada a atenderse.
Ni la legislación
ni los sesenta inspectores destinados a controlar la venta de bebidas
alcohólicas en los quioscos, maxiquioscos y estaciones de servicio de
esa misma ciudad ni el número telefónico gratuito para consultas que
se promocionó desde el Gobierno pudieron modificar los hábitos de los
jóvenes.
“Limpiar” las
calles de chicos sentados en la vereda compartiendo una botella
de cerveza en la puerta de un quiosco no equivale a hacer que esos
mismos chicos no tomen alcohol. Las acciones coercitivas, que son
también necesarias,
no hacen más que borrar a los adolescentes del paisaje urbano,
restringiendo el consumo o el abuso a ciertos ámbitos donde
se esconden de la vista de los menos avezados.
¿No estará, quizás,
el principio de la solución más cerca de la prevención? ¿No es, acaso,
más deseable advertir al adolescente desde edad temprana que deberá
enfrentarse con un mundo complejo que lo agobiará y le ofrecerá falsos
“escapes”, como éste del alcohol, que irán en detrimento de su salud?
¿No es éste uno de los temas donde nuestras principales armas son la
contención y la educación?
“No debe perderse
de vista que lo importante es llegar antes de la adicción, y esto es
diagnosticar de manera precoz e intervenir durante el abuso previo,
donde se cuenta con las mejores posibilidades de ayudar a una persona”,
apunta Miguez. O lo que es lo mismo: más vale prevenir que curar.
Según la Organización
Mundial de la Salud (OMS), “mientras que el consumo de alcohol registrado
entre los adultos ha caído sostenidamente en la mayoría de los países
desarrollados desde 1980, aumentó de la misma manera en los países en
vías de desarrollo y de la ex Unión Soviética”.
El alcoholismo es
otro signo de retroceso que caracteriza a las sociedades donde la juventud
no vislumbra horizontes alentadores: sin un panorama laboral prometedor,
inmersos en una economía incierta, lidiando con instituciones corruptas
desde los lugares de poder y autoridad que deberían representarlos,
bombardeados por un mensaje repetido de necesidad de consumo constante
desde los medios de comunicación, más que nunca el alcoholismo en los
jóvenes es la búsqueda de una salida, la necesidad de dar una respuesta
frente al vacío.
Denise Destéfano
es Licenciada en Periodismo.
Cuenta con ocho años de experiencia como redactora en publicaciones
especializadas, tales como Trading News, Cuestión Logística, Urgente
24 y el diario El Cronista, entre otros.
Fue productora en Radio América, Radio Cadena Eco y actualmente produce
el programa de radio El Paraíso Perdido y Momento Oportuno, que se emite
por CVN.